Acto 1
Hace poco me preguntaron si creía que la industria audiovisual estaba pasando por una crisis. Mi primera reacción fue responder que sí. Los presupuestos parecen son cada vez más ajustados, los pagos cada vez a más días, las vacantes ofrecen sueldos (honorarios) que hace algunos años habrían parecido impensables y muchas producciones trabajan con equipos cada vez más pequeños. Pero más que una crisis, empiezo a pensar que simplemente estamos observando una industria nueva con los ojos de una industria que ya no existe.
Cuando comencé a trabajar, producir una imagen de buena calidad implicaba vencer varias barreras. La primera era económica. Producir imágenes era una actividad que estaba reservada a quiénes podían pagar o lograban presupuestar herramientas más costosas. Una cámara profesional era una inversión enorme. Por ejemplo una Sony HVR-Z1U, del 2005 y utilizada durante años en televisión, documentales y producción institucional, costaba cerca de 4,900 dólares. Hoy una Sony FX30, con características inimaginables en esa época, ronda los 1,800 dólares. No sólo el equipo es más accesible; también ofrece una calidad muy superior.
Muchos asumieron que si las cámaras se hicieron más baratas, entonces producir también debía ser más barato. Pero nunca fue así. La cámara es apenas una herramienta. El verdadero valor sigue estando en las decisiones que ocurrían antes y después de presionar el botón de REC.
También cambió nuestra relación con el tiempo. Quienes trabajamos con película o con los primeros formatos profesionales de video recordamos perfectamente escuchar: “quedan dos minutos de rollo”. Un rollo de 1000 ft de película de 35 mm duraba poco más de once minutos de grabación. Cada metro de negativo costaba dinero después venía el revelado y el “rank” que se cobraban por pies. Incluso cuando llegaron formatos como XDCAM o las primeras tarjetas de memoria, seguíamos administrando un recurso limitado. Y eso hacía que el rodaje tuviera otro ritmo. Se ensayaba más, se discutían más los planos y se decidía exactamente dónde y cuándo poner la cámara.
Hoy una tarjeta de memoria puede almacenar horas de material en 4K y si algo no funciona, se repite. Si hay una duda, la cámara sigue grabando. Muchas veces preferimos registrar todo y decidir después, en la edición, qué es lo que vale la pena conservar. Y esto no quiere decir que haya una mejor forma que otra, son consecuencia de la tecnología disponible en cada momento. Lo que sí cambió fue el trabajo del productor.
Acto 2
Antes administrábamos la escasez, la escasez de película o tarjetas, las horas del foro o la luz en locación, el presupuesto y las horas extras, ¡Las horas de planta, plantero chofer y operador! Hoy administramos (Cómo lo dijo JoLoPo) la abundancia, la abundancia de horas y horas de entrevista, de teras de material, de horas de b-roll y también producimos abundancia, versiones, clean feet, versiones verticales, para TikTok, Instagram, reels de Facebook, versiones para youtube y para circuito cerrado, para Instagram, TikTok, YouTube, LinkedIn, televisión y pantallas internas. Entregables 16:9, 9:16, 1:1. Subtítulos, making off y gifs, adaptaciones que hace unos años no existían. Quizá ese sea uno de los cambios más profundos de nuestro oficio.
Y mientras tanto, pasa algo que nunca nadie imaginó. Nunca habíamos creado tantas imágenes. De acuerdo con estimaciones recientes, la humanidad generará cada año alrededor de 2.1 billones de imágenes, más de 5,300 millones cada día. Una cifra difícil de imaginar. Significa que en unos cuantos minutos se producen más imágenes de las que generaciones enteras llegaron a conocer. Y eso cambia inevitablemente el valor de cada imagen, hace 20 años una fotografía llamaba la atención por el simple hecho de existir. pero hoy tiene que sobrevivir a un océano de imágenes que compiten por la atención del espectador. Y también creo que algo sucedió con el lenguaje audiovisual.
Durante décadas era un lenguaje reservado para quienes trabajaban en cine, televisión o publicidad. Hoy cualquier adolescente consume y produce videos todos los días. Tal vez nunca estudió dirección, edición o fotografía, pero entiende intuitivamente cómo funciona el ritmo de un reel, el espacio ficción, respeta ejes de manera intuitiva y graba siguiendo las teorias de montaje del cine soviético sin siquiera saberlo, eso estyá increíble y me parece fascinante pero también explica un a confusión generalizada: Tener o aprender a usar una cámara nunca fue equivalente a aprender a contar una historia. Pero el mercado mezclo las cosas.
Cada vez encuentro más vacantes buscando un “filmmaker”. El nombre es de entrada raro por que ya nadie sabe a que se refieren con “film” pero las descripciones suelen contar otra historia. Buscan a UNA persona que investigue, desarrolle conceptos, redacte un guion, produzca, consiga locaciones, opere cámara, ilumine, grabe sonido, edite, haga corrección de color, prepare versiones para distintas plataformas, publique el contenido y en ocasiones, administre las redes sociales de la marca.
Mi primera reacción fué pensar que las marcas quieren pagar menos, pero no estoy seguro que esa sea la explicación. También existe una necesidad real detrás de ese perfil, las marcas ya no producen tres comerciales al año. Hoy necesitan contenido constante para distintas plataformas, audiencias y formatos. El presupuesto no necesariamente desapareció; en muchos casos se dividió entre decenas o cientos de piezas.
Y la discusión no se trata de si ese modelo está bien o mal, la pregunta sería si realmente es sostenible y si esa concentración de funciones terminará elevando la calidad del contenido o simplemente responderá a una necesidad de producir cada vez más en cantidad. Y justo cuando parecía que nos estábamos acostumbrando a esas nuevas reglas, apareció la inteligencia artificial.
Tampoco creo que la discusión más interesante sea si la IA reemplazará o no a los profesionales del audiovisual. La pregunta importante es otra. ¿Qué va a ocurrir cuando producir imágenes sea todavía más fácil de lo que ya es?
Si cualquiera puede generar una imagen técnicamente correcta en cuestión de segundos, quizá el valor deje de estar definitivamente en la imagen y regrese a aquello que nunca ha sido fácil automatizar: la idea, la historia, entender a quién le estamos hablando, construir una narrativa y tomar decisiones que den sentido a todo ese material.
Acto 3
Tal vez el futuro de esta industria no dependa de quién tenga la cámara más completa ni quien tenga pagada la suscripción del software más sofisticado. Estoy seguro que dependerá de quién sea capaz de encontrar significado en un mundo donde nunca habían existido tantas imágenes. No tengo respuestas para ninguna de estas preguntas. Pero sí tengo la impresión de que, si queremos entender hacia dónde va el nuestra industria audiovisual, primero tenemos que aceptar que el oficio que aprendimos hace veinte años ya no se parece al que ejercemos hoy.