Acto I. La mejor cámara siempre era la siguiente.
Cuando estudiaba la universidad recuerdo que una de las discusiones que dominaban los pasillos y causaban incluso algunos enfrentamientos entre alumnos y profesores, es que no teníamos las cámaras de última generación, que nuestros lentes no eran prime intercambiables, que solo había dos computadoras con sistemas de edición no lineal muy viejos y qué otras escuelas tenían sistemas avanzados, el más reciente software de Adobe, lentes ultra rápidos y cámaras con sensores mucho más grandes y mejor latitud. Fue durante una de estas discusiones cuando el director de la carrera nos paró en seco y dijo “nunca van a tener lo último nunca van a tener la mejor cámara nunca van a tener el mejor sistema de edición no lineal” no es para eso la Universidad, no es lo que que estamos enseñando.
Así es cómo nuestro director de carrera nos habló de la Inteligencia artificial hace 25 años.
Recuerdo cómo me molestó su respuesta. Pensé que exageraba. ¿Cómo era posible que una escuela de cine le restara importancia precisamente a las herramientas con las que íbamos a trabajar?
Rodeado de alumnos inconformes, explicó algo que en esa época apenas entendí. Las cámaras cambian demasiado rápido. Siempre aparecerá un mejor sensor, un códec nuevo, una computadora más potente o un software capaz de hacer cosas que el anterior no podía. Si nuestra formación dependía de una herramienta específica, en pocos años esa formación también quedaría obsoleta. En ese momento seguía sin convencerme. Yo quería cámaras.
Con el tiempo entendí que la escuela nunca estuvo peleada con la tecnología. Todo lo contrario. Lo que intentaba enseñarnos era que nuestra carrera no podía construirse alrededor de algo que inevitablemente iba a cambiar.
Acto II. Lo que realmente aprendimos.
Con los años fui viendo desaparecer herramientas que alguna vez parecieron definitivas. Llegaron nuevas cámaras, nuevos formatos, nuevos sistemas de edición, nuevos flujos de trabajo. Aprendimos video digital, edición no lineal, alta definición, ¡Cine Alta! cámaras DSLR, RAW, drones gigantescos, iluminación LED, producción virtual; y cada una de esas tecnologías cambió nuestra manera de trabajar.
Nunca vi a nadie decir seriamente que debíamos ignorarlas. Las aprendimos, incorporamos y seguimos adelante. Entonces comprendí que la universidad nunca intentó enseñarnos una cámara. Nos estaba enseñando algo que pudiera sobrevivir cuando esa cámara dejará de existir.
Por eso estudiábamos literatura además de fotografía. Historia del arte además de iluminación. Teatro además de dirección. Lingüística, semiótica y retórica además de guion. Cuatro años de historia de la ópera además de montaje. En ese momento parecía extraño. Estar discutiendo sobre el concepto de estética de Santo Tomás de Aquino y analizando y proponiendo alternativas al al partición de la oratoria de Marco Tulio Cicerón. Hoy me parece evidente.
No porque esas disciplinas sean más “puras” o más “auténticas” que la tecnología o por que sean el camino correcto para la creación audiovisual sino por que nos dan perspectiva, nos ponen un paso detrás de la herramienta, y si bien el concepto de atemporal y universal está a discusión, no eran datos o información lo que se nos presentaba si no, perspectiva, conceptos del mundo.
Seguimos leyendo a Shakespeare no porque rechacemos el cine contemporáneo, sino porque sigue diciendo cosas valiosas sobre la ambición, el poder o la culpa. Seguimos observando a Caravaggio porque la luz continua siendo una herramienta narrativa. Seguimos hablando de Eisenstein porque las preguntas sobre el ritmo y el montaje siguen apareciendo cada vez que contamos una historia. Es decir no son referencias del pasado, son cimientos para el futuro, cada nueva herramienta tecnológica acaba dialogando con ellas, y ahí creo radica una parte muy íntima de nuestro oficio, que no consiste en dominar la mejor cámara del mercado, consiste en establecer un criterio y perspectiva del mundo que nos permite tomar la herramienta adecuada para construir otros mundos.
Acto III. Entonces apareció la inteligencia artificial.
Hace algunos años recuerdo haber escuchado sobre inteligencia artificial, el nombre correcto era “modelos generativos de imagen a partir de lenguaje” y recuerdo haber investigado y haber creado una serie de imágenes realmente escalofriantes, texturas dónde se adivinaban unos rostros humanoides en espacios indeterminados, lo novedoso es que eran imágenes creadas a partir de texto, de conceptos o algunas palabras al azar. Las tenía que introducir en una especie de script en una página pública de google. Pensé que mis nietos verían un mundo diferente en cuanto a su relación con la imágen y estos modelos generativos.
Un par de años después vi mi primera telenovela en vertical protagonizada por gatitos hiper realistas, gran obra, a los pocos minutos identifiqué… ¡ “Casa de muñecas, de Ibsen”! Una obra de teatro de finales de 1800 que ha sido adaptada MILES de veces en todos los medios posibles. Y funciona, conmueve. Y casi diario se de colegas preguntarse si la inteligencia artificial cambiará nuestra profesión.
Creo que sí, pero no de la manera pesimista en la que solemos discutirlo. No me preocupa tener que aprender inteligencia artificial. Llevo toda mi vida profesional aprendiendo herramientas nuevas. Aprendí video cuando era todavía más caro que el cine, edición no lineal cuando sustituyó a cortar positivos de trabajo con navaja y pegar con cinta cristal. Aprendí nuevos códecs, nuevos flujos de trabajo y nuevas formas de producir contenido conforme la industria las fue adoptando. ¿Por qué la inteligencia artificial tendría que ser diferente?
Probablemente también habrá que entender sus fortalezas y limitaciones y descubrir en qué momentos puede ayudarnos a trabajar mejor. Negarse a una herramienta me parece tan poco sensato como habría sido negarse a aprender edición digital hace veinte años. Pero tampoco creo que debamos cometer el error contrario: pensar que dominar una herramienta equivale a dominar el oficio. La inteligencia artificial podrá escribir un primer borrador, generar imágenes, traducir textos, organizar información o acelerar procesos que hoy consumen horas de trabajo. Todo eso es extraordinario y sería absurdo no aprovecharlo. Pero la pregunta fundamental es otra. Si la tecnología cada vez hace mejor la parte técnica, ¿en qué debemos invertir nosotros nuestro tiempo?
La respuesta no está en perseguir eternamente la siguiente herramienta, sino en fortalecer aquello que nos permite utilizarlas con criterio: nuestra cultura visual, formación artística, capacidad para entender e interpretar el mundo, reconocer una buena historia, distinguir una idea interesante de una predecible y tomar decisiones cuando no existe un manual que indique cuál es la correcta.
Quizá eso fue lo que aquel director de la carrera intentó decirnos hace más de veinte años. Nunca vamos a tener la mejor cámara. Nunca vamos a tener la mejor herramienta, y eso es una buena noticia orque significa que nuestro verdadero trabajo nunca ha consistido en alcanzar esa herramienta antes que los demás, sino en estar preparados para aprenderla cuando llegue y ponerla al servicio de algo mucho más importante: las historias que todavía vale la pena contar.